miércoles, 12 de mayo de 2010

HENRY MILLER/ LA RUTA DE POETAS MALDITOS.



Después de llegar por primera vez a Nueva York, en donde nace y grita, el 26 de diciembre de 1891 presagiando, tal vez, que la juventud de Miller sería errática pues alternaba diversos trabajos con...

Después de llegar por primera vez a Nueva York, en donde nace y grita, el 26 de diciembre de 1891 presagiando, tal vez, que la juventud de Miller sería errática pues alternaba diversos trabajos con breves períodos de estudios en el City College de Nueva York. En 1924 se casa con June Mansfield tras divorciarse de su primera esposa, Beatrice Sylvas, con la que tuvo una hija.

En 1930, durante la Gran Depresión, se va a Francia donde vive el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En esta época, Miller decide consagrarse totalmente a la literatura. Sus primeros años de bohemia en París fueron miserables, tuvo que luchar contra el frío y el hambre; se alimentaba con las comidas que le ofrecían y dormía, cada noche, bajo un puente distinto. La suerte se presentará en la persona de Richard Osborn, un abogado americano que le ofrece una habitación en su apartamento. Cada mañana, Osborn, dejaba encima de la mesa de la cocina un billete de 10 francos para que Miller lo gastara a su conveniencia. Conoce a Anaïs Nin (de la que fue amante), a Brassaï y a Alfred Perlès, y empiezan sus tanteos con el surrealismo.


LA VIDA A SU MÁXIMA CONSECUENCIA.

Henry Miller no vivió para estudiar filosofía ni estudió para ser escritor ni mucho menos trabajó para satisfacer sus deseos como cualquier mortal. Él simplemente vivió sin contener sus deseos, dejando que fluyeran hasta agotarse con la vida misma, porque ese es el destino, según él, de toda existencia.




DIFICULTADES O EXPERIENCIAS.

El maestro Miller que para sobrevivir en París, se lanzó a las calles más bohemias a manera de yunque, en donde tirado de frente al sol- que la mayor de las veces se negaba a dar la cara- se forjó a base de los martillazos que da el hambre, el frío y la soledad en forma voluntaria con la única finalidad de vivir experiencias, a las que los mortales suelen llamar “dificultades”, para volver cada experiencia un peldaño que escalar hacia la cima siempre feliz, sin importar cuán adversas parezcan las circunstancias. Su moraleja es: “Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.”
A LOS ESCRITORES
Nunca le gustaba engolar la voz para extender fórmulas o recetas, pero si alguien le preguntaba como se hace un buen escritor: El simplemente decía que:” Cada momento es de oro para los que lo saben ver como tal. La mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina de escribir.”
A LA MUJER
Su motivación a todo era una mujer. Lo que pensaba de ellas lo dejó en cada una de las páginas de sus obras y fuera de ellas no cambiaba mucho su perspectiva colosal: “ Si nos volvemos hacia una realidad más grande, es una mujer quien nos tendrá que enseñar el camino. “ Y en consecuencia había que lanzarse a su conquista inagotable e interminable ya que : “La monogamia es como estar obligado a comer papas fritas todos los días.”

En el otoño de 1931, Miller obtiene su primer empleo como corrector de estilo en el periódico Chicago Tribune, gracias a su amigo Alfred Perlès; ocasión que aprovecha para publicar varios artículos que firmará con el nombre de "Perlés", dado que sólo los miembros del equipo editorial podían editar sus escritos. Escribe, en ese año, Trópico de cáncer, en la Villa Seurat de Montparnasse, que será publicado gracias al apoyo de su amiga y amante, la también escritora Anaïs Nin, en 1934. Esta novela le supuso, en los EE.UU, un proceso por obscenidad, según las leyes vigentes en esa época dictadas contra la pornografía. Esta novela estuvo censurada, en su país, hasta la década de 1960, y sólo pudo ingresar clandestinamente con la portada de Jane Eyre, el clásico de Charlotte Brontë.

Miller prosigue su batalla personal contra el puritanismo intentando liberar, desde un punto de vista moral, social y legal, los tabúes sexuales existentes en la literatura americana. Continúa escribiendo novelas, todas censuradas en los Estados Unidos por obscenas. Publica Primavera negra (1936), y Trópico de Capricornio (1939), que consiguen su difusión en los EE.UU pese a tener que ser vendidos subrepticiamente, lo cual contribuye a forjar su reputación de escritor underground.

Regresa a los Estados Unidos en 1940 y se instala en el Big Sur (California), donde continúa produciendo una literatura pujante, colorista y socialmente crítica. Escribe El coloso de Marussi (1941), que versa sobre un viaje a Grecia, país que visitó invitado por Lawrence Durrell; el libro más que una guía al uso es un monumento lírico a la sensualidad mediterránea, una crítica brillante al modo de vida americano y un alegato por la paz. Le siguieron La pesadilla del aire acondicionado (1945-47), la trilogía La crucifixión rosa, compuesta por Sexus (1949), Plexus (1953), y Nexus (1960). Escribió Las naranjas del Bosco en 1957; y el estudio literario, El mundo de D.H. Lawrence en 1980.

Se le ha considerado, incluso, un postmodernismo]]. Sus trópicos, tachados de pornográficos, generaron una gran polémica y fueron prohibidos en los países anglosajones. En 1964 la Corte Suprema de los Estados Unidos anula, de la Corte de Estado, el juicio contra Miller por obscenidad, lo que representa el nacimiento de lo que, más tarde, será conocido con el nombre de revolución sexual.

Entre sus aficiones estaban las de pianista amateur y pintor. Escribió libros sobre su pintura y tras su muerte, sus acuarelas fueron trasladadas a dos museos: el Henry Miller Museum of Art en la ciudad de Omachi Nagano (Japón) y el Henry Miller Art Museum en la Coast Gallery de Big Sur.

Falleció en Pacific Palisades, California. Sus restos fueron incinerados y sus cenizas esparcidas sobre Big Sur.

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lunes, 10 de mayo de 2010

EL DEBATE, SEGÚN MARCUS TULLIUS CICERO.



El discurso tiene generalmente dos partes, una a favor del tema y otra en contra. Esto es así desde tiempos inmemoriales y el no respetar esta coyuntura ha degenerado la retórica al grado que a partir del siglo I después de Cristo, dejó de ser un ejercicio real para convertirse en taller escolar hasta nuestros días.

Justamente es el IEV, quién ha sacado del ceniciento baúl de los recuerdos al gran “Cicero”, a propósito de los debates que en unos días, iniciadas las campañas políticas se propone organizar ese instituto electoral como parte de estas actividades no “exclusivas”, pero tampoco prohibidas según sus propias normas.

Al erigirse como cocinero único de los debates, el IEV, echó un condimento al guiso que originalmente no lleva. Quizá sea, por que sin ser chef, pensó en poner sabor al caldo, agregándole una pizca de algo, sin saber exactamente que, al dictar “condiciones-condimentadas” que no fueron reglamentadas con anterioridad al acuerdo de debatir, como es la de prohibir el derecho de réplica.

No debemos olvidar que el objetivo de los debates es entrever quién es el candidato que tenemos enfrente, hacia dónde se dirige el candidato o los candidatos que debaten entre sí ideas, propuestas y reclamos, a qué se comprometen y sí están capacitados para aspirar al cargo y, lo más importante, hacia dónde vamos a ir todos juntos si votamos por el candidato de nuestra preferencia.

El debate también puede servir, si se organiza bien, para conocer ciertos aspectos de los candidatos al verlos actuar en directo bajo cierta presión, cómo organiza y procesa sus ideas para “RESPONDER CUESTIONAMIENTOS” de su adversario político, su capacidad de improvisación para resolver un tema–asunto frente a decenas de miles de miradas de los electores, quienes seguramente no volverán a tener igual oportunidad de verlos actuar, porque una vez que asuman el poder, las decisiones importantes las van tomar casi siempre, en la soledad de su despacho.

Al no incluir en los debates el derecho de réplica, es como guisar caldo de liebre sin liebre. Esto significa que, por mucho que se hubieran relajado las partes torales de todo discurso clásico en el devenir del tiempo, es imposible asimilarlo sin la “argumentatio” _argumentación_ que es una de las partes más importantes del discurso.

Desde luego la argumentación en todo discurso que se precie de ello, no se concibe sin el apoyo de la “confirmatio” _pruebas_ y la “refutatio” que hoy se conoce como el derecho de réplica y que, simple y llanamente consiste en la respuesta a los argumentos del adversario. Ambas partes, separadas por el grueso de un cabello, que no siempre se distinguen una de otra, porque suelen ir de la mano, cuando cada nigromante de la retórica deja muy claro que llegado ese momento debe afirmar con rotunda franqueza: “He aquí mi dicho, que viene fundado en estas pruebas.”
Más aún, sin esta parte importante del discurso, jamás se podrá alcanzar el súmmum de la intervención, la parte conmovedora, la pieza patética de la oratoria, la catarsis entre el verbo y su rapsoda que consigue lo que pretende durante el grandilocuente diserto. ¿Comprende amable lector? Por ello, cuando en forma locuaz el IEV cercena la “refutatio”—Derecho de Réplica---, está cancelando sin remedio el acceso directo a la “Peroratio” que es la parte contundente del discurso y en donde el persuasivo panegirista remata su contumaz mensaje.

Por tanto, para sensibilizar al IEV, a que reflexione sobre la necesidad de incluir el derecho de réplica en los debates, Fabricante de espejos, lenguaraz como es, considera innecesario detenerse en las obras de Salustio y Tito Livio, que introduce en su “Ab Urbe Condita” más de 400 discursos de todo tipo, en los que se sigue las normas de la oratoria clásica. Así, va en prenda esta propuesta! Salud!