martes, 24 de abril de 2012

DOS DEBATES PARA USTED ¿ FRÍOS O CALIENTES?


 
 
Si el debate  fuera una bebida, sin duda se ordenaría caliente. Imagínese en una ronda de amigos todos dispuestos a celebrar, los menos, lo exigirían “!bien caliente y espeso!”. Porque el buen debate, al igual que las bebidas espirituosas, una vez que entra al cuerpo de inmediato enciende el cerebro y encandila la piel.

¿Quién duda que el debate sea la columna vertebral de la actividad política? Sin debate la política es un guiso sin presa. Es una fiesta sin música, es un día nublado. Es la antesala del túnel. En cambio, una política con debates es el crisol de donde emergerá la obra señera que guiará la ruta de las masas hacia una vida mejor.  Pero no, como van las cosas por aquí, el debate es una bebida que se sirve fría en el menú de una fonda llamada “México”. Hoy es una bebida desangelada, más cercana a la insípida medicina que al exultante alipus.

En los días que corren, por ley, el debate es un requisito secundario metido ahí con calzador, con un una ligera capa de barniz para cubrir una fachada de democracia que no convence a nadie. Ni siquiera guarda las formas de la tradición romana, y el no respetar esta coyuntura ha degenerado la retórica al grado que  ha dejado de   ser un ejercicio real para convertirse en taller escolar de atención en dislexia temprana.

Justamente es el Instituto Federal Electoral (IFE), quién ha sacado del ceniciento baúl de los recuerdos al gran “Cicero”, a propósito de los debates que en unos días, iniciadas las campañas políticas debe de organizar ese instituto electoral como parte de estas actividades obligatorias, pero tampoco prohibidas en los medios de comunicación, si se guardan ciertos requisitos, según sus propias normas y que tanto temor causan en algunos.

Al erigirse como “Barman” único de los debates, el IFE, inventó una nueva bebida más cercana al “toloache” que a la cicuta de Sócrates, porque con estas nuevas reglas “light” a qué candidato le quitaría el sueño debatir en esas hilarantes condiciones. ¿Acaso no será jocoso ver un debate sin el derecho de réplica?
Cómo olvidar que el objetivo de los debates es entrever quién es el candidato que tenemos enfrente, hacia dónde se dirige el candidato o los candidatos que debaten entre sí ideas, propuestas y reclamos, qué se proponen, a qué se comprometen y sí están capacitados para aspirar al cargo y, lo más importante, hacia dónde vamos a ir todos juntos, si votamos por el candidato de nuestra preferencia.
Si nos olvidamos de la comedia, ya que, quiérase o no, México vive un drama. El debate debe servir, si se organiza bien, para conocer ciertos aspectos de los candidatos al verlos actuar en directo bajo cierta presión, cómo organiza y procesa sus ideas para “responder cuestionamientos” de su adversario político, su capacidad de improvisación para resolver un tema–asunto frente a decenas de miles de miradas de los electores, quienes seguramente no volverán a tener igual oportunidad de verlos actuar, porque una vez que asuman el poder, las decisiones importantes, las van tomar, casi siempre en la soledad de su despacho.
Por mucho que se hubieran relajado las partes torales de todo discurso clásico en el devenir del tiempo, es imposible asimilarlo sin la “argumentatio” _argumentación_ que es una de las partes más importantes del discurso. 

Desde luego la argumentación en todo discurso que se precie de ello, no se concibe sin el apoyo de la “confirmatio” _pruebas_  y la “refutatio” que hoy se conoce como el derecho de réplica y que, simple y llanamente consiste en la respuesta a los argumentos del adversario. Ambas partes, separadas por el grueso de un cabello, que no siempre se distinguen una de otra, porque suelen ir de la mano, cuando cada nigromante de la retórica deja muy claro que llegado ese momento debe afirmar con rotunda franqueza: “He aquí mi dicho, fundado en estas pruebas.” 

Más aún, sin esta parte importante del discurso, jamás se podrá alcanzar la cumbre de la intervención, la catarsis conmovedora, la pieza patética de la oratoria donde consigue lo que pretende el grandilocuente diserto. ¿Comprende amable lector? Por ello, cuando el IFE cercena la “refutatio”—derecho de réplica---, está cancelando sin remedio el acceso directo a la “peroratio” que es la parte contundente del discurso y en donde el persuasivo  panegirista remata su contumaz mensaje.

Para qué detenerme entonces, en las obras de Salustio y Tito Livio, que introduce en su “Ab urbe condita”  más de 400 discursos de todo tipo, en los que sigue las normas de la oratoria clásica. Si el IFE, está empeñado en organizar eventos en los que considera a usted y a mí, discapacitado electoral en las obras de  Marcus Tullius Cicero. Salud!!